¿Sudar más significa quemar más grasa?

La báscula baja de verdad después de sudar, y ese es el problema: lo que se ha ido es agua. Qué mide el sudor y qué mide el esfuerzo de verdad.

Mujer adulta secándose el sudor con una toalla después de hacer ejercicio en un entorno cálido y natural.

De esta creencia salen las fajas de neopreno, los chubasqueros para caminar y la costumbre de entrenar abrigado a propósito. Y tiene una ventaja que casi ninguna otra tiene: la báscula, después de una sesión así, baja de verdad. Ese es justamente el problema. Parece que funciona.

Lo que ha bajado es agua

El número baja porque el cuerpo ha perdido líquido. Y vuelve en cuanto se bebe. No hay grasa que se haya ido en cuarenta minutos, por mucho que la toalla diga lo contrario.

La grasa se pierde por otra vía y en otra escala de tiempo: gastando más energía de la que se come, de forma sostenida durante semanas. Ahí es donde entran moverse a menudo, sostener el músculo con algo de fuerza y cuidar la alimentación. Ninguna de las tres se acelera sudando más.

El sudor es el aire acondicionado, no el contador

Sudar es el sistema de refrigeración del cuerpo. Cuando la temperatura sube, se suda para enfriarse. Es una respuesta térmica, no una medida del esfuerzo.

De ahí que la cantidad dependa de cosas que no tienen nada que ver con lo que se está gastando: hace más calor, hay más humedad, se va más abrigado. Dos personas en la misma sesión sudan cantidades distintas, y eso no dice nada de ninguna de las dos.

Y el caso contrario se olvida siempre: una sesión de fuerza bien hecha puede dejar a alguien casi seco y estar perfectamente aprovechada.

Aquí sí hay un riesgo real

Forzar la sudoración con prendas que no transpiran impide que el cuerpo se enfríe, que es justo para lo que sirve sudar. Con calor, y cuando la sensación de sed además es menos fiable, eso deja de ser una tontería inofensiva. Se para y se bebe ante cualquiera de estas señales:

  • Mareo, dolor de cabeza o visión borrosa.
  • Piel muy caliente y seca, o dejar de sudar de golpe.
  • Náuseas, calambres o confusión.
  • El corazón muy acelerado sin que el esfuerzo lo explique.

Entonces, ¿qué mide el esfuerzo?

Hay una prueba que no necesita aparatos y que usan las propias guías: la prueba del habla.

  • Si se puede conversar con comodidad, el ritmo es suave.
  • Si se habla entrecortado, es ritmo moderado, que es el que piden las recomendaciones.
  • Si no salen más de dos o tres palabras seguidas, el ritmo es fuerte.

Es más fiable que la toalla y que el pulsómetro, que a estas edades engaña más de lo que se cree. Y en verano hay una segunda cosa que vigilar, porque con los años la sensación de sed se nota menos: beber antes, durante y después, sin esperar a tener sed.

Si quieres el mapa completo, la hidratación ocupa uno de los apartados de las 25 cosas que empiezan a cambiar en estos años.