«Entrenar en zona 2» aparece por todas partes desde hace un par de años. Casi siempre rodeado de pulsómetros, gráficos y cifras que asustan. Detrás del nombre moderno hay algo tan viejo como caminar: moverse a un ritmo en el que aún se puede hablar. Y hay una razón concreta por la que, pasada cierta edad, sale mejor fiarse de la conversación que del reloj.
El nombre viene del deporte de élite
Las «zonas» vienen del entrenamiento de deportistas de resistencia, que reparten el esfuerzo en cinco franjas de intensidad. La zona 2 es la segunda desde abajo: suave-moderada. Ese ritmo en el que uno se mueve con soltura, pero nota que el cuerpo trabaja.
Lo que ha pasado es que ese vocabulario ha saltado del mundo del rendimiento al de la salud general. Y por el camino se ha llenado de aparatos. La idea de fondo, en cambio, es la misma que llevan años recomendando las guías de salud pública. Con otro nombre: actividad de intensidad moderada.
Por qué el pulsómetro engaña más de lo que ayuda
Casi todas las calculadoras de zonas parten de una fórmula famosa: 220 menos la edad para estimar la frecuencia cardíaca máxima. Es cómoda y es la que usan los relojes. Pero arrastra un problema serio: es una media poblacional con un margen de error enorme entre personas. Dos personas de 62 años pueden tener máximas reales muy distintas, y la fórmula les asigna la misma. A partir de ahí, todas las zonas calculadas heredan ese error.
Y hay un caso que a estas edades no es raro en absoluto: quien toma betabloqueantes tiene la frecuencia cardíaca deliberadamente rebajada por la medicación. Sus pulsaciones no reflejan el esfuerzo de la misma manera. Y cualquier zona calculada con una fórmula genérica deja de significar nada. Lo mismo ocurre con otros fármacos que afectan al ritmo cardíaco y con quien lleva marcapasos.
Si tomas medicación para el corazón o la tensión
Es el escenario donde guiarse por pulsaciones puede llevar a forzar sin darse cuenta. La referencia por sensación, poder hablar, sigue funcionando. Y cómo regular el esfuerzo en cada caso es una pregunta corta y muy razonable para la consulta.
La referencia que no necesita batería
La prueba del habla es lo que usan las guías de salud pública. Y es porque se ajusta sola a cada persona: a su edad, a su forma y a su medicación.
- Se puede hablar y cantar con comodidad → intensidad suave.
- Se puede hablar pero no cantar, por frases cortas → intensidad moderada. Aquí es donde está lo que llaman zona 2.
- No salen más de dos o tres palabras seguidas → intensidad vigorosa.
No hay más misterio. Un reloj sirve para llevar la cuenta de lo hecho. Pero como medida de si el ritmo es el bueno, la conversación es más fiable que una zona calculada con una fórmula. Una fórmula que no conoce a nadie.
La trampa de ir demasiado suave
Es la habitual. Como el ritmo moderado resulta cómodo, es fácil quedarse en el paseo de siempre y creer que se está en zona 2. La comprobación es sencilla: si se podría cantar, todavía no se ha llegado.
La zona 2 es una pata de cuatro
La referencia de salud pública para personas adultas ronda los 150 minutos semanales de actividad moderada, repartidos a lo largo de la semana. Vale también para las mayores de 65 años. Eso es, en la práctica, lo que la moda llama zona 2. Y las guías añaden dos cosas que el vocabulario del rendimiento suele dejar fuera: trabajo de fuerza y trabajo de equilibrio.
Dicho de otro modo: la zona 2 es una parte, no el plan. Quien solo camina a buen ritmo está cubriendo bien una de las cuatro patas.


