Mujer de unos sesenta años abrigada con jersey y bufanda sostiene una taza al aire libre en un paisaje de montaña frío.

Ilustraciones generadas con inteligencia artificial.

El invierno pesa más de lo que parece

El cuerpo regula peor la temperatura en las dos direcciones, no solo en verano. Qué cambia con el frío y por qué se nota más cada año.

Mujer abrigada junto a un lago de montaña en una mañana fría, con cumbres nevadas al fondo.

El salón está a diecisiete grados, hay una manta sobre las piernas y la calefacción lleva media hora apagada porque «así ya se está bien». Fuera hace tres grados y el pronóstico dice que bajará. La escena no parece peligrosa y por eso funciona tan bien: el frío que hace daño no suele ser el de la montaña, es el de una habitación a la que uno se ha acostumbrado.

El aviso interno llega más tarde

Con los años, la regulación de la temperatura se estropea en las dos direcciones, y de la de verano ya se ha hablado aquí: la sed deja de avisar cuando debería. En invierno pasa lo simétrico y se cuenta mucho menos. El manual de referencia clínica lo formula con sequedad: los mayores «a menudo tienen disminuida la sensación de la temperatura y un deterioro de la movilidad y la comunicación», lo que produce «una tendencia a permanecer en un ambiente excesivamente frío». A eso se suma la menor cantidad de grasa subcutánea, que es aislamiento perdido.

La consecuencia práctica está en la misma fuente y es la frase que cambia la percepción del asunto: la hipotermia puede producirse «incluso dentro de las casas en habitaciones frías». No hace falta una ventisca ni una noche a la intemperie. Hace falta una casa mal calentada, unas horas sentado sin moverse y un termostato interno que ya no protesta con la fuerza de antes.

Ese es también el motivo por el que el frío se subestima delante del calor. Una ola de calor se ve, se anuncia y se vive como un acontecimiento; una casa fría es una rutina de tres meses. Y el cuerpo responde a esa rutina gastando: en frío se cierra la circulación de la piel para no perder calor, sube la tensión, la sangre se espesa y el corazón trabaja contra más resistencia, justo cuando el aire frío también irrita las vías respiratorias.

Lo que el Estado mide en invierno

España tiene desde hace años un Plan Nacional de actuaciones preventivas por bajas temperaturas, hermano del de calor y bastante menos conocido. Su base es un cálculo que explica bien por qué el frío peligroso no es el mismo en todas partes: «los umbrales de temperaturas que impactan en la salud se obtienen analizando la asociación entre series temporales de mortalidad y temperatura a nivel provincial». Es decir, que el umbral de Burgos y el de Málaga son distintos porque lo que dispara la mortalidad en cada sitio es distinto.

Sobre esos umbrales se monta un semáforo de cuatro peldaños —0 ausencia de riesgo, 1 bajo, 2 medio y 3 alto— y un sistema de avisos que se envían por correo electrónico o SMS cuando la temperatura mínima prevista queda por debajo del umbral de la provincia. El propio Ministerio señala algo que sorprende a casi todo el mundo: el impacto del frío sobre la salud puede ser incluso superior al del calor.

Los daños del invierno que no son el frío

La parte más útil de las recomendaciones oficiales no habla de temperaturas, sino de todo lo que rodea al invierno y manda gente al hospital.

  • El hielo. «Un elevado porcentaje de lesiones relacionadas con el frío tiene que ver con caídas al resbalar sobre placas de hielo», y de ahí la recomendación de calzado antideslizante. Es el mismo asunto que la prevención de caídas del resto del año, con el suelo en contra y un factor, la suela, que decide más que ningún otro.
  • El monóxido de carbono. Braseros, estufas de gas y chimeneas exigen ventilar la estancia con frecuencia «para evitar la acumulación de CO». Es un gas sin olor y sin color, y sus primeros síntomas —dolor de cabeza, náuseas, sueño— se confunden con un catarro.
  • Los medicamentos por cuenta propia. La recomendación es explícita: no tomar medicamentos sin receta médica, porque algunos «precipitan los problemas derivados de la exposición al frío».
  • La gripe. Sanidad recomienda la vacunación antigripal en mayores de 65 años y en quienes tienen una enfermedad crónica cardiopulmonar, metabólica o inmunodepresión. En la práctica, el invierno hace la mayor parte del daño por esta vía indirecta.

Dos consejos oficiales que suenan a leyenda y no lo son

El primero: en la calle, «respire por la nariz y no por la boca», porque el aire se calienta al pasar por las fosas nasales y llega menos frío a los pulmones. El segundo: «varias capas de ropa fina protegen más que una sola gruesa», porque entre ellas quedan cámaras de aire que aíslan. Los dos están en las recomendaciones del Ministerio de Sanidad, los dos parecen dichos de abuela, y los dos son física aplicada.

Lo que sí depende de uno

Frente a un invierno que no se negocia, el margen está en tres sitios. En la casa, donde lo que importa no es el número del termostato sino que no haya una habitación —el dormitorio, casi siempre— que se quede muy por debajo del resto. En el movimiento, porque el músculo es el generador de calor del cuerpo y una tarde entera sentado enfría más que salir a la calle veinte minutos: los ratos repartidos valen aquí más que la sesión. Y en la compañía: la recomendación oficial de «prestar mayor atención a las personas que puedan estar en situación de vulnerabilidad ante el frío» describe, en román paladino, llamar a quien vive solo cuando el pronóstico se pone feo.