Se localiza el baño al entrar en cualquier sitio. Se cambia la ruta del paseo por otra que pasa por la cafetería de siempre. Se deja de saltar en la clase de gimnasia y se dice que es por las rodillas. Se cruzan las piernas antes de estornudar. Son adaptaciones pequeñas, cada una con su coartada, y casi nunca se cuentan: en España, según el trabajo que recoge los datos, solo entre el 15 y el 40 % de quienes tienen escapes de orina buscan ayuda por ello.
Qué es y por qué pierde fuerza
El suelo pélvico es el conjunto de músculos y tejidos que cierra la pelvis por abajo, como una hamaca tendida entre el pubis y el coxis. Sostiene la vejiga, el recto y —según el caso— el útero o la próstata, participa en el control de la orina y de las heces, interviene en la función sexual y colabora con el abdomen y la espalda en sostener el tronco. No se ve, no se toca y no aparece en ningún espejo, y esa invisibilidad explica buena parte de lo que sigue.
Porque es músculo, y con los años le ocurre lo mismo que al resto de la masa muscular del cuerpo: pierde fuerza si no se usa. Encima acumula historia propia. En las mujeres, el factor de riesgo más citado son las lesiones relacionadas con el parto vaginal, y el estudio español que se cita más abajo encuentra episiotomía en el 57,1 % de las mujeres con incontinencia y cistocele en el 32,6 %. En los hombres, el peso lo llevan la próstata y sus tratamientos. Y a los dos les afectan el estreñimiento crónico, la tos persistente, el sobrepeso y los años de esfuerzos mal repartidos.
La consecuencia más visible es la incontinencia urinaria, y sus cifras en España son mucho mayores de lo que sugiere el silencio con que se lleva: una prevalencia global en torno al 24 % en mujeres y al 7 % en hombres, que sube con la edad hasta rondar el 50 % en edades geriátricas en ellas y entre el 14 y el 29 % a partir de los 65 en ellos. En conjunto, alrededor de un 15,8 % de la población, del orden de seis millones y medio de personas.
Frecuente no es lo mismo que normal
La frase que más daño hace en este asunto es «a mi edad es lo que hay». Confunde dos cosas distintas: que algo sea frecuente —lo es, y mucho— y que sea inevitable. El propio trabajo español señala que la incontinencia está infradiagnosticada por dos vías que se refuerzan: la estigmatización que lleva a la persona a no contarlo, y la escasa sensibilización de los profesionales hacia un problema que rara vez se pregunta en consulta si no se menciona.
El resultado es una pauta conocida: se convive con ello una media de años antes de nombrarlo, se compran compresas en vez de consultar, y se reduce lo que se hace fuera de casa. Y ese último punto es el que convierte un asunto discreto en un asunto grande: dejar de ir, dejar de moverse y dejar de quedar tiene consecuencias que van mucho más allá de la vejiga.
Lo que sí está estudiado
Aquí está la parte que compensa haber leído hasta el final. El entrenamiento de los músculos del suelo pélvico es una de las intervenciones mejor documentadas de toda la rehabilitación, y la revisión Cochrane que lo evalúa —31 ensayos clínicos y 1.817 mujeres de 14 países— da resultados poco habituales por lo rotundos: las mujeres con incontinencia urinaria de esfuerzo que lo hicieron tenían ocho veces más probabilidad de declararse curadas que las de los grupos de control, y seis veces más de declararse curadas o mejoradas. También registraron un episodio menos de escape cada 24 horas y mejor calidad de vida. La calidad de la evidencia se califica en su mayor parte de moderada.
Vale la pena mirar cómo lo define esa misma revisión, porque desmonta la idea del truco casero: es «un programa de ejercicio para mejorar la fuerza, la resistencia, la potencia, la relajación del músculo del suelo pélvico, o una combinación de estas». Un programa, con progresión, con dosis y con seguimiento. Y con una dificultad específica que no tienen los bíceps: es un músculo que no se ve, así que saber si se está contrayendo el correcto —y no el glúteo, el abdomen o el diafragma— exige que alguien lo compruebe.
Por eso este artículo no trae ni un ejercicio. La puerta de entrada en España es el centro de salud: de ahí salen la derivación a la matrona, a fisioterapia de suelo pélvico donde el servicio existe, y la consulta de ginecología o urología cuando hace falta. No es un circuito exótico: la guía de práctica clínica que la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia publicó sobre patología de suelo pélvico está dirigida precisamente a esas tres especialidades —Medicina Familiar y Comunitaria, Obstetricia y Ginecología, y Urología—, que son las que se reparten el problema.
A quién no le va dirigido esto
Que no haya ejercicios aquí es una decisión, no un olvido. Hay situaciones en las que ponerse a apretar por cuenta propia no procede y puede empeorar el cuadro: dolor pélvico o dolor con las relaciones, sensación de bulto o de peso que asoma, cirugía pélvica o abdominal reciente, posparto reciente, infecciones de orina de repetición, sangre en la orina, o escapes que aparecen de golpe y no estaban. En todos esos casos, y también si hay dificultad para vaciar la vejiga, lo primero es pedir cita en tu centro de salud y contarlo con esas palabras. Un suelo pélvico que no consigue relajarse da síntomas parecidos a uno débil y se trata al revés: por eso el diagnóstico va antes que el entrenamiento, y por eso lo valora alguien que pueda explorarlo.


