Mujer de más de 50 años se lleva una mano al oído mientras escucha en el salón de su casa.

Ilustraciones generadas con inteligencia artificial.

No es que hablen bajo: lo que cambia en el oído entre los 50 y los 65

A los 55-64 ya hay un 10 % con pérdida auditiva discapacitante, y es la franja que menos hace al respecto. Qué señales aparecen primero, por qué el audífono no funciona como unas gafas y qué se puede hacer hoy.

Mujer adulta usando un portátil en un entorno cálido para una consulta de bienestar.

Cuesta seguir una comida con ruido, hay que pedir que repitan por teléfono, el televisor va más alto que antes. La explicación automática es que la gente habla bajo o que el sitio es ruidoso. Hay otra explicación, la que casi nadie pone sobre la mesa a los 55. El oído empieza a cambiar mucho antes de la jubilación. Y a esa edad ya afecta a uno de cada diez.

A los sesenta ya es uno de cada diez

El Instituto Nacional de la Sordera de Estados Unidos (NIDCD) publica la prevalencia de pérdida auditiva discapacitante por tramos de edad. Es el dato que rompe el relato de siempre, porque enseña dónde empieza a subir la curva:

  • De 45 a 54 años: 5 %.
  • De 55 a 64: 10 %. Uno de cada diez.
  • De 65 a 74: 22 %.
  • De 75 en adelante: 55 %.

Son datos de Estados Unidos y están medidos con audiometría, no con encuestas. Aquí valen por el orden de magnitud, y sobre todo por la forma de la curva. No arranca a los setenta, arranca antes. Lo que pasa a los setenta es que ya no se puede disimular.

Por qué se tarda años en darse cuenta

La pérdida de audición asociada a la edad avanza de forma tan gradual que el propio cerebro se adapta. No hay un día en que se deje de oír. Hay años en los que se oye pero no se entiende, sobre todo con ruido de fondo. O cuando hablan varias personas a la vez.

Por eso la primera señal casi nunca es «oigo poco». Suelen ser estas otras, y las nota antes la familia que uno mismo:

  • Subir el volumen de la televisión más de lo que a los demás les parece cómodo.
  • Pedir que repitan, sobre todo por teléfono o en sitios con ruido.
  • Perder el hilo en comidas con mucha gente y acabar callado.
  • Perderse media reunión cuando hablan varios a la vez, o una videollamada con el micro lejos.
  • Entender peor las voces agudas — las de los niños suelen ser las primeras.
  • Cansarse en las conversaciones largas, porque entender exige un esfuerzo que antes no hacía falta.

Lo que ha cambiado: deja de ser cosa del oído

Este tema aparece cada vez más en la conversación sobre envejecimiento, y no por el oído en sí. Es por lo que arrastra. La pérdida de audición no tratada se asocia con aislamiento social y con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. La Organización Mundial de la Salud la señala como uno de los factores de riesgo de demencia sobre los que se puede actuar.

El mecanismo que más se comenta es bastante intuitivo: quien entiende mal deja de participar. Se habla menos, se evitan las reuniones ruidosas, se sale menos. Y el aislamiento es un problema de salud por derecho propio. Además, le resta al cerebro justo el tipo de estímulo que más le hace falta.

Un matiz importante

Asociarse no es causar. Que dos cosas aparezcan juntas en los estudios no significa que una produzca la otra. Aquí la investigación sigue abierta. Lo que sí está claro es que la pérdida de audición es tratable, y que dejarla sin atender no tiene ninguna ventaja.

Los audífonos y la razón por la que se rechazan

El segundo dato del NIDCD es el que retrata a esta edad. De las personas de 20 a 69 años que se beneficiarían de un audífono, solo lo ha usado alguna vez el 16 %. Pasados los 70, el 30 %. La franja que antes podría atajarlo es la que menos lo hace, y los motivos rara vez son técnicos. Pesa el estigma: el audífono se asocia a hacerse mayor mucho más que las gafas. Pesa el precio. Y pesa una expectativa equivocada.

Esa expectativa merece explicarse, porque es la que arruina más adaptaciones: un audífono no funciona como unas gafas. Las gafas enfocan al instante. El audífono devuelve sonidos que el cerebro llevaba tiempo sin procesar. Hace falta un periodo de adaptación en el que todo suena raro y demasiado presente. Quien espera el efecto de las gafas lo abandona en el cajón la primera semana. Y concluye que «no le sirven».

El seguimiento, no el aparato

Una adaptación necesita ajustes en las semanas siguientes: es normal volver a que lo regulen. Un sitio que vende y no cita para revisar está resolviendo su problema, no el del cliente.

Y algo que se puede hacer hoy mismo

Una parte de la pérdida a lo largo de la vida la pone el ruido, y esa sí es evitable. La OMS lo cifra: 80 dB se pueden escuchar sin riesgo hasta 40 horas a la semana, pero a 90 dB el margen cae a 12,5 horas. De ahí sale una regla que se aplica hoy mismo, en el móvil. No pasar del 60 % del volumen máximo del aparato. Y usar auriculares que aíslen, para no tener que subirlo por la calle.

Y si algo de lo de arriba resuena, el paso siguiente es una revisión auditiva. Es rápida, no duele y no compromete a comprar nada. Se pide en el médico de familia, que deriva a otorrinolaringología si procede.

Hay un resumen de esto —y de otras veinticuatro cosas de estos años— en 25 cosas que empiezan a cambiar entre los 50 y los 65.