Mujer de más de 60 años camina por un parque con una botella de agua en un día de verano.

Ilustraciones generadas con inteligencia artificial.

Moverse en verano sin pasarlo mal

Calor, agua y vacaciones. Cómo seguir activo en verano sin sufrir, qué aporta la piscina cuando aprieta el sol y por qué el hábito se rompe justo en agosto.

Persona descansando e hidratándose durante un entrenamiento con calor

El verano rompe las rutinas por tres sitios a la vez: hace calor, cambian los horarios y uno se va de casa. Nada de eso obliga a parar, pero sí a cambiar el cuándo, el dónde y el cuánto. Y hay un motivo para no abandonar del todo que tiene poco que ver con la salud y mucho con septiembre.

El calor, que a partir de cierta edad no es un detalle

Hay dos cosas que cambian con los años y que se entienden mejor juntas: el cuerpo regula peor la temperatura y la sensación de sed se vuelve menos fiable. Es decir, se pasa más calor del que uno nota y se bebe menos de lo que hace falta. Por eso el ejercicio al aire libre en las horas centrales del día deja de ser buena idea en verano, aunque siempre se haya hecho.

Las recomendaciones de seguridad coinciden en lo básico: beber aunque no se tenga sed, evitar las horas de más calor, bajar la intensidad los días bochornosos —la humedad importa tanto como el termómetro— y conocer las señales de alarma.

Señales para parar

Mareo, dolor de cabeza, náuseas o un cansancio repentino que no encaja con lo que estás haciendo. No son «flojera»: son el aviso de que hay que parar, ponerse a la sombra y beber. Si no remiten, se consulta.

El agua, que en verano deja de ser plan B

No es casualidad que las piscinas municipales se llenen justo cuando sube el termómetro. Moverse en el agua cuenta como actividad física y tiene la ventaja de ser de bajo impacto: el agua sostiene el peso del cuerpo, así que las articulaciones trabajan descargadas. Para quien arrastra molestias de rodilla o cadera, el verano es la mejor época del año para moverse — precisamente cuando en tierra cuesta más.

Y no hace falta nadar: caminar dentro del agua o una clase de aquagym cumplen igual, de pie y sin saber nadar. Es además lo más fácil de encontrar cerca: la piscina de verano del ayuntamiento y los polideportivos municipales suelen programar esas clases en julio y agosto, con horario y abono de mayores.

Las vacaciones y la inercia

En vacaciones se rompen las rutinas: viajes, visitas, comidas distintas, otra cama. Es normal moverse menos, y no hay nada que corregir ahí. El problema no es bajar el ritmo: es soltarlo del todo.

La constancia funciona como una inercia — cuesta arrancarla y cuesta pararla. Quien la mantiene aunque sea a medio gas, en septiembre solo tiene que acelerar; quien la suelta, empieza de cero, y esa es la diferencia real entre un verano y otro. Encaja además con lo que dicen las guías desde hace unos años: algo de actividad siempre es mejor que nada, y cada movimiento cuenta. No hay que reproducir la rutina de casa en un apartamento de playa; hay que no pararla.

Dónde poner el listón

Quien se propone mantener la rutina entera en vacaciones suele acabar dejándola entera. Un mínimo pequeño y realista sobrevive al verano; uno ambicioso, no.