La frase se repite en casi todas las conversaciones sobre jubilación: «cuando tenga tiempo, me apunto a algo de voluntariado». Suena a plan de relleno, a lo que se hace con las horas que sobran. Y es justo al revés. En España el voluntariado tiene su propia ley desde 2015, y describe algo más parecido a un compromiso con horario que a una tarde suelta.
Qué es voluntariado según la ley, y qué no
La Ley 45/2015 no se conforma con la idea intuitiva de ayudar. Define el voluntariado como las actividades de interés general que cumplen cuatro requisitos a la vez:
- Que tengan carácter solidario.
- Que se hagan libremente, y no por una obligación o un deber jurídico.
- Que sean sin contraprestación económica o material.
- Que se desarrollen a través de una entidad de voluntariado y con arreglo a programas concretos. Esta es la que más gente descoloca.
Ese cuarto requisito es el que separa el voluntariado de la buena voluntad. La propia ley se molesta en enumerar lo que no cuenta:
- Las acciones aisladas o esporádicas hechas al margen de una entidad.
- Lo que se hace por razones de familia, amistad o buena vecindad.
- Cualquier cosa con contraprestación.
- Las becas cuyo objetivo principal sea formarse, y las prácticas académicas.
Dicho de otra manera: llevarle la compra a la vecina de arriba es una cosa estupenda y no es voluntariado. Lo que la ley regula es la relación con una organización. Y la regula porque en esa relación hay un tercero —quien recibe la ayuda— que necesita saber que quien aparece en su casa está formado, asegurado y respondiendo ante alguien.
La palabra que hay que buscar en el papel
La ley obliga a firmar un acuerdo de incorporación por escrito y por duplicado. Y detalla lo que tiene que decir: funciones, duración, formación exigida, gastos reembolsables y las causas por las que cualquiera de las dos partes puede desvincularse. Si una entidad no ofrece ese papel, no está incumpliendo un trámite: está saltándose el marco entero. Es la comprobación más rápida que existe.
Los diez ámbitos, y por qué importan a los cincuenta y tantos
La imagen mental del voluntariado suele ser una sola: acompañar a personas mayores o repartir comida. La ley reconoce diez ámbitos, y la lista explica por qué hay tanto sitio donde encajar. Son estos: social, internacional de cooperación, ambiental, cultural, deportivo, educativo, socio-sanitario, ocio y tiempo libre, comunitario y protección civil.
Esa amplitud cambia la pregunta. No se trata de decidir si uno «vale» para acompañar a un enfermo, sino de qué se sabe hacer.
- Quien ha llevado cuentas toda la vida encaja en la administración de una asociación pequeña.
- Quien ha trabajado con maquinaria, en un banco de alimentos o en un taller de reparación comunitaria.
- Quien conoce un río, una sierra o un archivo local, en lo ambiental y en lo cultural.
Y ahí está la parte incómoda: las entidades no buscan tiempo, buscan competencias. A los cincuenta y tantos se llega con más de las que uno cree.
Qué se pide de verdad
El proceso se parece bastante a una incorporación laboral, sin sueldo y sin exclusividad. Suele haber una entrevista, en la que la entidad intenta averiguar dos cosas: cuánto tiempo hay disponible de verdad y por qué se quiere entrar. La segunda pregunta no es retórica. Una organización que trabaja con personas vulnerables ha aprendido a distinguir entre quien viene a colaborar y quien viene a resolver un asunto propio. Esa distinción la hace en la entrevista o no la hace nunca.
Después llega la formación. La ley la incluye entre los derechos del voluntario: recibir la formación necesaria para el ejercicio de la actividad. Y también entre sus deberes: participar en las acciones formativas que se le indiquen. No es un obsequio ni un obstáculo, es parte del trato. En los ámbitos socio-sanitario y social suele ser lo que más horas consume antes de empezar.
La ley también reconoce el derecho a estar cubierto frente a los riesgos de accidente derivados de la actividad, y a que se reembolsen los gastos que ocasione. Los seguros los contrata la entidad, y son otra señal fiable. Una organización que no sabe explicar con qué póliza está cubierto su voluntariado es una organización con la que hay poco que hacer.
Y queda el compromiso temporal, que es lo que más gente abandona. Casi ninguna entidad busca a alguien para una tarde. Busca a alguien que esté el mismo día a la misma hora durante meses. Los programas se diseñan con esa continuidad, y la persona que espera al otro lado nota la ausencia. Es un requisito duro y es el que da sentido al resto.
Por qué esto se parece tanto a una cuestión de salud
Hay una razón poco confesada para empezar a los sesenta, y no es altruista. Cuando se acaba el trabajo se acaba también la estructura que ordenaba la semana, y la gente con la que uno hablaba a diario. Una actividad con día fijo, sitio fijo y alguien esperando cubre exactamente ese hueco.
Es la misma lógica por la que funcionan los centros de mayores o un coro de barrio. Y la razón por la que la Organización Mundial de la Salud trata el aislamiento como un asunto de salud pública, y no de carácter.
Merece la pena decirlo sin adornos porque cambia la manera de elegir. Si lo que se busca es también compañía, un voluntariado en solitario —revisar papeles desde casa, traducir documentos— cumple la parte solidaria y no cumple la otra. Y si lo que agobia es la vida social que se estrecha, en la entrevista hay que mirar cuánta gente hay en ese programa. No solo qué se hace en él.
Hay un resumen de esto —y de otras veinticuatro cosas de estos años— en 25 cosas que empiezan a cambiar entre los 50 y los 65.


