El carné de la biblioteca lleva años en el cajón, con una foto de otra época y un plástico que se ha vuelto blando. Se sacó para acompañar a un nieto o para un curso que no llegó a empezar, y desde entonces no ha hecho nada. Es, probablemente, la tarjeta con mejor relación entre lo que cuesta —nada— y lo que abre de todas las que hay en esa cartera, y casi todo lo que abre no son libros de papel.
La biblioteca que cabe en el móvil
El servicio que más ha cambiado en la última década no está en el edificio. Se llama eBiblio, lo impulsa el Ministerio de Cultura con las comunidades autónomas y es un préstamo digital gratuito que funciona desde el navegador o desde una aplicación. El único requisito es el mismo carné del cajón: «si tienes el carné de usuario de las bibliotecas públicas de tu comunidad», se entra con esas credenciales; y si no se tiene, se pide el alta en la biblioteca.
Las cifras de 2025 dan idea del tamaño: 59.222 títulos distintos, 700.736 licencias, 239.502 usuarios y casi 4,8 millones de préstamos, un 17 % más que el año anterior, con una media de veinte préstamos por usuario. La aplicación se descargó 136.476 veces solo ese año. Madrid, Andalucía y Castilla y León encabezan el uso.
Y dentro de ese volumen hay un dato que descoloca a quien imagina eBiblio como un estante de novelas: los libros electrónicos son el 47 % de los préstamos, pero los periódicos son el 29 % y las revistas el 13 %. Es decir, que cuatro de cada diez préstamos digitales de las bibliotecas públicas españolas son prensa. Alguien que gaste dinero en el quiosco cada mañana —o que haya dejado de comprar el periódico por lo que cuesta— tiene ahí la respuesta más práctica de todo este artículo.
El 11 % restante son audiolibros, y ese porcentaje tiene su público natural. Cuando la vista empieza a cambiar y leer dos horas seguidas deja de ser cómodo, cambiar de formato es lo que distingue a quien sigue leyendo de quien lo deja sin haberlo decidido.
Lo que se pregunta en el mostrador
Cinco preguntas resuelven casi todo en una sola visita: si el carné sigue activo o hay que renovarlo; si la comunidad tiene eBiblio y cómo se entra; si la biblioteca tiene lotes de lectura y clubes; si se puede pedir por préstamo interbibliotecario un libro que no está en ese catálogo; y qué hay en el programa de actividades del trimestre. Ninguna de las cinco aparece anunciada en la puerta, y las cinco se contestan en el mismo mostrador donde se sellan los libros.
Lo que se presta dentro del edificio
La otra mitad sigue estando en la sala, y tampoco son solo libros. Lo que se encuentra en una biblioteca municipal de tamaño medio suele incluir:
- Prensa del día y revistas en papel, en una sala donde se puede estar sentado toda la mañana sin consumir nada. Es el uso más antiguo y el que menos se nombra.
- Lotes de ejemplares para clubes de lectura: la biblioteca compra quince o veinte copias del mismo título para prestarlas a la vez. Es lo que hace que un club de lectura sea gratis, y explica por qué el club lee lo que hay lote y no lo que se le antoja.
- Préstamo interbibliotecario: si el título no está en el catálogo local, se pide a otra biblioteca de la red. Tarda unos días y ahorra una compra.
- Ordenadores con conexión, wifi y ayuda para trámites. En muchas bibliotecas hay personal que echa una mano con la cita previa, el certificado digital o el correo electrónico, que es exactamente el punto donde más gente se queda atascada.
- Cine, música y ediciones en letra grande, además de audiolibros en formato físico en las bibliotecas que los conservan.
- Salas de estudio y de trabajo, cursos y talleres, exposiciones y presentaciones. La programación va por trimestres, igual que la de los centros de mayores, y se anuncia con la misma discreción.
La red que hay detrás
Todo esto se sostiene sobre una red pública más grande de lo que aparenta. Por arriba están las Bibliotecas Públicas del Estado, 53 bibliotecas de titularidad estatal repartidas por las capitales de provincia —con la gestión transferida a las comunidades autónomas— y por debajo, la red municipal, que es la biblioteca del barrio o del pueblo. El carné de una suele abrir la plataforma digital de toda la comunidad, y esa es la parte que casi nadie aprovecha.
Hay además un detalle de calendario que ahorra decepciones: la actividad de las bibliotecas funciona por cursos, con la programación concentrada de septiembre a junio. Quien se acerca en octubre llega a tiempo de casi todo; quien lo intenta en julio se encuentra el horario de verano y la mitad de las salas cerradas. Para quien está pensando en retomar algo, el mostrador de la biblioteca es la puerta más barata que existe.


